viernes, 29 de octubre de 2010

Hada de la calle Corrientes

Maquillada de mocos lo dijo:
¿Me regala un libro de hadas?

Un metro de estatura
tambaleaba sobre zancos infinitos.

Hadas… 

Una noche
cuando su estómago ruja
ella abrirá el libro y será 
hada.

Con brillo de semáforo,
con bocina de almohada.

Alas…

Cuando el frío le escarche los mocos
ella abrirá el libro y tendrá
alas.

Con vuelo de abeja,
con deseo de suspiros. 


 LUS




Ilustración: Luciana G. Verbauwede http://lugverbauwede.blogspot.com/

lunes, 18 de octubre de 2010

L fante


Por la oreja de un elefante se echó a dormir la pulga...




LUS


Ilustración: Luciana G. Verbauwede http://lugverbauwede.blogspot.com/

lunes, 4 de octubre de 2010

¡Por su culpa!

Catalina odiaba el viento. Hacía que se le despeinaran las ideas. Por  la tarde se probó un sombrero, pero el viento se lo regaló a la arena con moño y todo.

Entonces trajo una capelina y se la anudó al cuello. Pero el viento se elevó en remolino y se la sacó por la cabeza,  atada con doble nudo.

Mordiendo fuerte, pensaba. Mordía, pensaba, chillaba. De pronto se vio con los ojos fijos en una caja de galletas que estaba apoyada sobre el techo de la alacena. Arrimó una silla hacia la mesada. Estiró una pierna todo lo que pudo hasta apoyar entero su pie. Con el otro hizo equilibrio en punta de pie. Contó hasta tres y tomó un envión para subirse completa y llegar a agarrar esa caja.

Las yemas de sus dedos cortitos arrastraron una punta de cartón que le rozó los pelos del flequillo. Un esfuerzo más hizo que se le cayera encima. Con las dos manos se agachó sobre la mesada y la dejó quietita. Se acomodó su peinado, se estiró el vestido, y así como subió, bajó.

La caja estaba por la mitad de galletas de vainilla. Así que las sacó en una bolsa y las guardó en la alacena, pero esta vez la que estaba bajo la pileta de la cocina.

Con una tijera le rozó dos líneas a la altura de la nariz y la boca. Con un lápiz de punta recién sacada, aprovechó a hundirle los huecos.  Ya estaba lista.

Entonces, pisó la arena con el peinado protegido por completo. Se sentó en medio de la playa y provocó al viento.

Y esta vez, él no apareció. Catalina quieta, con las piernas cruzadas y una mueca oculta de satisfacción que inflaba sus cachetes dentro de la caja, se perdió de ver el atardecer. Sin el viento en la cara, se perdió la ida de los berberechos por los agujeros en la orilla.

Con el peinado intacto, Catalina no vio la gaviota rozar las olas del mar. Tampoco sintió el olor verde del agua. Ni pudo tocar la espuma del sol.


*Seleccionado en el XXII Certamen Internacional de Poesía y Narrativa Breve para publicación en la antología de cuentos Continuidad de las voces 2010 de la Editorial De los cuatro vientos*

LUS


Ilustración: Luciana G. Verbauwede http://lugverbauwede.blogspot.com/

viernes, 1 de octubre de 2010

La risa del cangrejo

El cangrejo abría y cerraba sus tenazas violetas muriéndose de risa. Se dejaba llevar por una ola y volvía. Cada vez que se acercaba a unos dedos regordetes que jugaban en la orilla pintados con arena y una pizca de sal, se desarmaba riéndose.

Se lo llevaba el agua cuando el mar juntaba aire para escupir otra ola. Pero volvía y miraba los pies. Y se le descontrolaban las tenazas en carcajadas. Así siguieron pasando olas hasta que el sol se apoyó en un barrilete y se fueron yendo sus espigas de calor. Pero al cangrejo no se le iban las ganas de reír.

En una de las veces en que volvió todo espumado, los pies se habían movido haciendo pozos lejos de la orilla. El cangrejo todavía guardaba risas en el bolsillo.

 Entonces aprovechó el envión de una ola y se dejó arrastrar hasta que el agua se absorbió en la arena. Ya en piso firme buscó esos piecitos mofletudos y los vio alejarse a saltos por ahí. Enseguida enfiló sus pinzas al encuentro, caminando de costado. Las revoloteó hasta acercarse y ahí lanzar una carcajada a mordiscones.
Justo cuando estuvo dispuesto, casi pegado a esos dedos carnosos, unos pies oscuros y arrugados se acercaron. Levantaron a su presa, sin que él llegara a apretarla. El cangrejo se quedó mirando cómo se alejaban los pies enredados entre las manos de ese gigante.

No tardó en llegar la ola que lo arrastró hacia el mar otra vez.  Con las pinzas cansadas de tanto esfuerzo por ir y venir se dejó llevar. Pero,  cuando volvió a la orilla junto a la espuma, ya estaba listo para mordisquear a carcajadas unos nuevos pies.  


    LUS




Ilustración: Luciana G. Verbauwede http://lugverbauwede.blogspot.com/